Por qué trabajé Por Gustavo Laurnagaray

Fui invitado a dar mi postura sobre la jornada del jueves. A pesar de ciertos reparos profesionales -a veces a los lectores no les interesa lo que nos pasa a los trabajadores de prensa- acepto el convite.

GustavoNo es el primer paro que hago. Hice uno en otro diario cuando estaba en época de prueba, en la sección deportes donde ingresamos casi todo los periodistas de una generación. También en los años '90, casi en solitario cuando el menemismo arrasaba las condiciones laborales, las instituciones y las condiciones laborales en El Diario eran otras.

En estos tiempos inciertos y de zozobra (con un plan económico que no despega), tengo algunas certezas: los argentinos teníamos que dejar atrás un esquema y esbozo económico inviable del Gobierno anterior que nos dejó un 30% de pobreza, sin energía y con escasa infraestructura.

Durante el anterior Gobierno, después de los primeros logros del Gobierno de Néstor Kirchner de la mano de la brutal devaluación que realizó el Gobierno del expresidente Eduardo Duhalde y con el default declarado, el Gobierno de Cristina Fernández de Kirchner dilapidó los mejores años de un contexto internacional de precios altos de los cereales para realizar obras de infraestructura.
Ya el plan económico presentó inconsistencias. Una de las primeras era la inflación. El Gobierno apuntó al precio de la carne: lo primero que hizo fue cerrar las exportaciones, impidiendo el ingreso de dólares. El resultado fue inmediato: esa carne se volcó al mercado interno, provocando una rebaja del precio. Con los años, se cayó el stock de carne. En La Pampa lo pagamos: se construyeron frigoríficos que nunca funcionaron.

En el campo apareció una vedette: la soja. Sin el negocio de la carne, con los precios de ese commodity por las nubes, creció el llamado desierto verde en la Argentina. Desapareció la producción de otros cereales. Toda esa novela terminó con las retenciones móviles, un intento de apropiarse de la renta internacional según la jerga del Gobierno anterior.

Eso terminó en la guerra con el campo, contra todos los productores de todo tipo y tamaño. Esa guerra, el desprecio hacia el sector, tuvo su costo: desde el año 2009 no creció la cosecha.
Cuando la inflación se puso más espesa, la solución fue otra: destruir la medición de la inflación que hacía el INDEC. Hubo una feroz persecución a los trabajadores y los técnicos de ese organismo.
Lo mismo ocurrió con las estadísticas de la inseguridad y con la educación. Todo andaba bárbaro según el relato del Gobierno anterior, pero no se reflejaba en los números. Lo que había que destruir son los números.

Ese plan económico excluyó a millones de argentinos. Solo les convidó el consumo, pero no distribuyó la riqueza que es la educación, la salud y la seguridad.

Para que un plan económico crezca se necesita energía. Hubo colapsos energéticos. Cortes de energía por falta de inversión, resultado de un esquema de tarifas congeladas. En 2012, el Gobierno de Cristina Kirchner quiso salir de la trampa de las tarifas congeladas: fue esa patética puesta en escena de próceres renunciando al subsidio de gas. Todo eso se frenó. El Gobierno de CFK no pudo. Nos dejó a todos los argentinos en esa trampa.

Si por el precio de la carne la salida fue frenar las exportaciones que nos dejaron sin dólares que ingresaban al país; cuando fue inviable el plan económico, se recurrió el cepo: no se dejaron salir dólares y se restringieron las exportaciones. Fue la debacle.

En nuestra actividad, la prensa, el Gobierno primero se mostró intolerante con dos periodistas. Julio Nudler, de Página 12, y Pepe Eliaschev, de Radio Nacional. El primero renunció, al segundo lo echaron.

Después el anterior Gobierno arremetió contra todos los disidentes. Hubo una guerra a un diario, Clarín. Primero por deudas fiscales, después por contaminación de la papelera y finalmente con una acusación de delitos de lesa humanidad. La historia es larga, muchos conocen el final.

El Gobierno anterior no toleró la crítica. Mandó a los empresarios amigos a comprar medios. Y compró periodistas. De esos medios echó a los periodistas críticos. La gente y la opinión pública recibieron el mensaje del Gobierno anterior: los periodistas, todos, se compran y se venden. Una mentira: muchos de los que creyeron en el Gobierno no fueron comprados, se sumaron con genuino entusiasmo. Tengo compañeros que así lo han hecho.

Con diarios sin lectores, televisión sin televidentes y radios sin oyentes, hubo empresarios que recibieron millonarios giros en publicidad oficial. El Gobierno K infló la pauta año a año. Miles de millones. Cuando terminó el Gobierno, esos medios dejaron miles de compañeros en la calle. El caso emblemático es Sergio Szpolsky, que estafó a los trabajadores: no les pagó sus aportes previsionales.

Las elecciones de 2015 tuvieron el peor final en términos institucionales. La expresidenta Cristina Kirchner se negó a entregar el mandato al presidente electo. Sus seguidores arrastran ese mandato, ese estigma: no aceptan el resultado de la elección. No aceptan el resultado, le pretenden quitar legitimidad al Gobierno. Además creen en la cadena del desánimo: la repiten en las redes sociales y si pueden la hacen noticias. La mentira tiene patas cortas.

El Gobierno actual tiene enormes desafíos. Hizo cosas que cualquiera de los otros candidatos (Daniel Scioli o Sergio Massa) hubiera hecho.

Los sectores más pobres desde ese inicial 30% que dejó el Gobierno anterior o el 32% al que llegó con las primeras medidas de gobierno atraviesan duros momentos. Es necesaria la asistencia. El horizonte tiene que ser un país con energía, con obras de infraestructura (rutas, autovías y autopistas que bajen costos), conectado al mundo para más producción y trabajo. Un país viable. Para los trabajadores, el freno a la inflación tendrá un enorme impacto. También para la economía, para valorar los activos de los argentinos. Ya no podemos vivir en la embriaguez de la inflación.

Los trabajadores tenemos un desafío para pelear por la renta contra el capital. Ya algunas recetas no sirven. La tecnología nos empuja y nos desafía. Las formas de esa pelea son novedosas. Algunos sectores productivos tienen que tener una razonable protección. Pero pedir que no se abra la economía desde Facebook o Twitter suena ridículo. Como hacer un paro con esa consigna y terminar el día mirando una serie en Netflix. Son otros tiempos, otros desafíos.

El Diario atraviesa un duro momento. Con presiones y recortes de publicidad oficial: arrastramos los vicios de la década anterior, no es fácil el cambio. Peleamos (la empresa y los trabajadores) por seguir manteniendo las ventas de papel y ofrecer un producto atractivo en la edición web.

Hace unos días, los trabajadores pedimos un adelanto de la pauta salarial para el mes de marzo con un 10%. La empresa accedió a nuestro pedido. No daba hacer un paro en ese contexto, sin adherir a las consignas nacionales.

Esta larga explicación, que tal vez aburra al lector, es el por qué no paré. Ahora me voy a comer un choripán, porque la falta de conciencia de un carnero tiene precio.

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