Viaje a la desolación: Epecuén, el balneario fantasma

Fue una de las villas turísticas más importantes de la provincia de Buenos Aires. Hace 30 años vivió su última temporada de verano. Luego fue arrasada por una inundación

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Puesto a girar, el sillón del peluquero de Epecuén se convierte en el túnel del tiempo. Es el verano de 1985 y la destreza de este hombre convoca hasta 30 clientes por día, que llegan relajados por los baños en agua salada que se dan en la zona y se van satisfechos, a juzgar por las generosas propinas.
El estilista se llama Narciso, pero en lugar de obsesionarse por la belleza propia se preocupa por la prolijidad ajena. Con su delantal azul, sandalias de cuero y navaja filosa, sienta a los turistas en el trompo de acero y los hace viajar por los recuerdos del lago, desbordante esta temporada y repleto de flamencos.
Narciso Stoessel se recibió en las Academias Oli el 30 de setiembre de 1964, en un curso acelerado de un mes y tres días. Pese a la prestancia del diploma colgado en el local, el primer cliente lo vio nervioso y le hizo una broma: "Por las dudas, ¿vende gorras?".Fue perfeccionando su forma de trabajar y se hizo popular en esta villa de 184 manzanas y tres rotondas, que recibe a decenas de miles de veraneantes de Buenos Aires, Córdoba o La Pampa, atraídos por los poderes curativos del lago, más salado que los siete mares.Con los primeros ahorros, Narciso pudo comprar este "trono" a palanca para sus clientes de la "Primera fábrica en Sud América de Sillones Mecánicos para Peluqueros Víctor N. Pozzoli. Patentado por el Superior Gobierno de la Nación y de mayor calidad, lujo y confort de los mejores que se importan", según leyó en los papeles de la transacción.A sus espaldas permanece 13 horas de pie, además de su trabajo como empleado público en las termas del lugar, donde se encarga del mantenimiento. Llegó a trabajar 72 días corridos, sin parar.
Es 1985 y sabe que este mundo feliz, donde la gente baila en la calle, disfruta del carnaval y conversa en las veredas hasta la madrugada, se puede inundar en cualquier momento, porque desde hace cinco años el nivel del agua crece, la playa se achica y la gente, como los erizos del mar, tiene que meterse al agua entre las piedras que forman la barrera de contención.
Madera noble. En la carnicería La Franqueza, Ricardo Besagonill les pasa un trapo a los azulejos blancos y la punta del cuchillo a la tabla de corte de los costillares, recortada de un quebracho colorado. Quiere que todo quede impecable para cuando entre la muchedumbre a arrebatarle las 13 vacas carneadas el viernes a la espera de este domingo soleado, ideal para hacer el asado.
Quedó extenuado de la última jineteada que se hizo en la entrada al pueblo, para la que tuvo que hacer 4.000 chorizos. En tiempos normales vende 100 kilos de embutidos por día. Y si se le acaba la carne de cerdo recurre al ingenio, como ahora, que inventó los chorizos de antílope, por sugerencia de un amigo cazador que aportó la materia prima.Hay tanta gente, y cola en la vereda, que ni tiempo de pesar la carne y hacer la cuenta tiene. Por eso hace que pone y saca la compra de la balanza, calcula a ojo y canta un precio, con yapa para el cliente. El nombre de su negocio es la garantía de su proceder.La sierra eléctrica que va y viene por la ranura de la tabla deja los churrascos parejitos, como fichas de tejo. Y si se corta la luz, Ricardo asoma el serrucho, le da con fuerza y sigue, porque la demanda no cesa.
Carga la caja del carrito de reparto con 60 kilos de achuras y cortes parrilleros, porque sabe que, apenas llegue al camping, vuelve vacío. Se vende todo. Hay días en que, para no quedarse sin mercadería, tiene que ir a carnear animales al matadero diseñado por el arquitecto Francisco Salomone, una obra de arte en medio de la frontera entre la pampa húmeda y la zona seca del sudoeste bonaerense.
Ricardo no olvida que en 1972 pedaleaba una bicicleta rodado 20 y que en apenas dos años se compró un auto cero kilómetro, por lo bien que le iba. Por eso, en este verano de 1985, cuida la pulcritud de su tabla de quebracho como si fuera su bote salvavidas.
El símbolo. La luna de Gustavo es la más fotografiada de Epecuén. Está en la entrada de la pizzería La Gallina Verde, nombre inspirado en un cuento en el que dos españoles hablaban así de un loro.
Es 1985 y Gustavo Rodríguez, un muchacho de 17 años que fue abanderado y mejor promedio en la escuela, siente orgullo por haber ayudado a su padre a construir esa luna creciente de dos metros, finita como una sonrisa, pero infranqueable en su estructura de hierro y hormigón. Junto a un árbol del paraíso y un duraznero, la luna recibe a los cientos de comensales que se sientan a disfrutar de una pizza de mozzarella y una cerveza a la luz de la otra Luna, la de Armstrong, Aldrin y Collins.
Gustavo es un chico orquesta: prepara el relleno de las empanadas, despacha pan y facturas, cobra y da vuelto, lava los platos, carga la heladera, sirve helados, baldea y riega las plantas. En la cocina tiene un juego de exquisitos con don Roberto, su papá: buscar la tapa de hojaldre perfecta para que los clientes recuerden el sabor de estas empanadas por el resto de sus vidas.
De las fiestas y los corsos, apenas oye el ruido. No tiene tiempo más que para jugar un rato al bowling o al flipper. Lo suyo es el trabajo y un look con vincha amarilla que lo hace parecido al Loco Gatti, el arquero de Boca.
Hay que aprovechar el verano, porque con la plata que junta le alcanza para comprarse lo que necesita durante todo el año. Hasta botines para cuidar la zaga del club Gauchos de Epecuén. "Este lugar es como la primera novia, te enamorás de verdad", le confía a un porteño que indaga en sus sentimientos. Y así transcurren los días de Narciso, Ricardo y Gustavo en este verano de 1985, año que se anuncia tormentoso. Son puro esfuerzo, pero tienen un sillón Pozzoli, una tabla de quebracho y la luna. Lo tienen todo.
Ni se imaginan que, por un tsunami en cámara lenta que vendrá del lago, será el último verano en Villa Epecuén.
La inundación. Como el palacio de Cleopatra, en Alejandría, Villa Epecuén quedó sumergida bajo las aguas en noviembre de 1985. Veinte años permaneció tapada y hace diez resurgió por el retroceso del lago. Pero el lugar era ya un esqueleto del pasado, árboles muertos en posición de derrota, ruinas blancas por la sal, baldosas que se quiebran, hoteles y hospedajes para 25 mil personas por el suelo, la escuela sin alma ni pupitres, ni ventanas, pistas de baile condenadas al silencio.
A 30 años del último verano, Viva recorrió la zona fantasma de Epecuén junto con pobladores y turistas que volvieron al escenario de sus recuerdos. La mayoría vive hoy en Carhué, a 8 kilómetros de allí y a 570 de la Ciudad de Buenos Aires.
De los escombros de la carnicería, Ricardo rescató su tabla de madera, una tabla para náufragos de dos metros de longitud y surcos que la invaden. Encontró oxidado el medidor de luz y blancos aún los azulejos que limpiaba todas las mañanas. Pero también se encontró a sí mismo, con 30 años menos, y su voz se hizo finita, hasta desaparecer.Habla ahora su hermano Rubén, equilibrista entre las ruinas de lo que fue su hotel residencial de 14 habitaciones: "Vinimos en canoa en el año 2000, para mostrarles esto a nuestros hijos. Acá estaba el hotel Apolo, donde hice mi fiesta de casamiento en 1984, parece que lo veo", dice Rubén, ante el eco lejano de un vals. "En esa esquina cantó Sandro... acá estaba la heladería Flamingo... allá, Alfajorlandia", enumera, al tiempo que señala lo invisible.
El que quiere volver. Junto a la costa, en el leve temblor del agua quieta, Alfredo Pardiño cree ver escenas del pasado. Era el hijo del sereno del balneario, conformado por piletas, piletones y toboganes de cemento que permanecen ahí. "Fui mozo y antenista de televisión. Había que instalar bien alto las antenas para enganchar los canales de Buenos Aires. A la noche, venía a cebarle mate a mi viejo", evoca.
Luego camina hacia tres pinos sin savia que parecen granaderos a la custodia de un cartel que reza: "Mi casa, mis calles, mis primeros pasos, momentos que en sueños hoy llevo guardados. Mi infancia y mi gente, recuerdos dorados que viven presentes a orillas del lago". Era su casa, ahora no hay nada.
Alfredo se va en su camioneta con pasacassettes, pero asegura que pronto va a volver a vivir en Epecuén. El área fue expropiada cuando se produjo el desastre y, en diciembre pasado, sus ruinas fueron declaradas "Monumento Histórico incorporado al Patrimonio Cultural" de la provincia de Buenos Aires.
"Venir acá era como ir a la playa, yo era una nena y me bañaba bajo un caño de agua. Me acuerdo de que parábamos en el hotel Rambla y cruzábamos a desayunar al Victoria. Era todo luz y música. No puedo creer esto que veo", relata Olga Alvarez, turista antes y turista ahora, parada en la misma esquina de hace 30 años, pero en dos postales extremas, según si recuerda o si mira a su alrededor.
Sandra, hija de Narciso, considera que la villa "pudo haber sido una mini-Mar del Plata" por su hospitalidad, ya que, si bien nació con signo aristocrático, en 1921, en los años 70 tuvo su esplendor como balneario popular. Su padre acaba de cumplir 50 años como peluquero, sólo que ahora atiende en Carhué. Sigue utilizando navaja y polvera, y a su lado se mantiene inconmovible el sillón Pozzoli, de probada tolerancia a las tempestades.Carlos Coradini mantiene la memoria de la villa en la página de Facebook Gente de Epecuén. Acaba de subir una foto de la barra destruida del boliche Bim Bam Bum, del día en que encontró botellas y recordó que el barman era... él. De su casa queda la escalera que no lleva más que al cielo, que no es tanto ni tan poco. La escalera está de pie.
Gastón Partarrieu, hoy director del Museo de Adolfo Alsina, pasa por lo que era la panadería y fábrica de pastas que tenía su papá: "Se vendía mucho pan, facturas, tortas y sandwiches de miga. El consumo funcionaba, porque eran miles de personas que permanecían acá entre 15 y 21 días, para cumplir con la recomendación médica de los baños termales constantes durante ese plazo".
Luego muestra el Centro de Interpretación que se montó en la antigua estación de tren, a la que llegaban tres líneas de ferrocarril y hoy, ninguna. Hay un tocadiscos que parece recubierto por la lava volcánica que cubrió Pompeya y Herculano; un trono y una corona de reina de un reino que ya no existe; y una foto de un salvavidas gigante de los últimos veranos.
Por 120 pesos, la profesora de francés Norma Berg hace de guía en un tour de dos horas y media por las ruinas de Epecuén. Con la pasión que utiliza en sus relatos, da ganas de hacer un asado con carne de La Franqueza, de cortarse el pelo en lo de Narciso, o de comer unas empanadas en La Gallina Verde, el sitio donde se halla la única construcción intacta tras la inundación: la luna de Gustavo.
"Pasé 10 años sin poder venir. Me agarraba mucha angustia. Cuando regresé, lo que más me impresionó fue el silencio, porque acá no se dormía: todo el tiempo había música y se escuchaban conversaciones divertidas. Volví porque mi papá, cuando se estaba por morir, me pidió cinco cosas. Una de ellas, que cuidara la luna."

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